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Sean honestos con la Teoría Crítica de la Raza

February 25, 2022

No es ninguna sorpresa que los padres están indignados con las escuelas públicas por haber enseñado materias de la “Teoría Crítica de la Raza” (CRT) – o cualquiera terminología preferida para difundir la idea, últimamente de moda, que sostiene que los Estados Unidos es un país sistémicamente racista y que la solución para cuyo problema es tratar a la gente de formas distintas según el color de su piel. Al fin y al cabo, los contribuyentes exigen de las escuelas que ofrezcan materias de historia, ciencias, literatura y matemáticas – no a adoctrinar a los alumnos con dogmas políticas falsas y destructivas.

Hay muchos burócratas de escuelas públicas que niegan haber ofrecido dichos tipos de materias en las clases, pero no es cierto. Para dar un ejemplo, la ex maestra  Kali Fontanilla recientemente reveló la forma en que los de las escuelas de su estado natal de California “tienen hiperfocalización en asuntos raciales,” con materias de ciencias sociales centradas en la enseñanza de que “el único fin por haber establecido a los Estados Unidos era para ayudar al hombre blanco.” Materias basadas en la CRT ignoran a los hechos históricos y, de tal forma, tienen cómo su fin difundir a los alumnos negros que el capitalismo, los derechos sobre la propiedad privada, la aplicación universal del derecho constitucional y otros elementos de la democracia Estadounidense, por naturaleza, están en su contra y, por lo tanto, nada menos que una reforma radical del gobierno y de la cultura civil los permitirá sobresalir. Mientras tanto, se difunde a los alumnos blancos que cualquier éxito logrado por sus familias se hizo a consecuencia de “privilegios” no merecidos y, por lo tanto, se tienen que expiar. (A la vez, esta teoría, efectivamente, deja a los alumnos asiáticos ignorados.)

En una reunión de la comisión escolar del otoño pasado, el Superintendente de las Escuelas Públicas del municipio de Detroit, Nikolai Vitti, dijo, “nuestro currículo está utilizando, de una forma profunda, a la teoría crítica de la raza,” no solamente en las materias de historia y las ciencias sociales si no en “las otras diciplinas,” y que cuyos esfuerzos son “intencionales.” En realidad, es lógico: Es difícil creer que un plan de estudios de un maestro de inglés no será afectado por la idea que “la alabanza de la palabra escrita” es “una característica de la supremacía blanca,” o de cómo un instructor de ciencias podría dar clases de física si se cree que los conceptos de “uno u otro” y “la objetividad” son racistas.

La triste realidad es que estas mismas ideas son, a la vez, racistas y debilitantes. Son racistas por que presumen—por cierto, declaran abiertamente—o que todas las personas blancas creen/comportan de ciertas formas o que las virtudes del objetivismo y el profesionalismo son, por definición, características blancas. Y que son debilitantes por que influyen a los estudiantes a concluir que los modelos culturales y sociales derivados de los conceptos tal cómo los derechos del individuo o de la primacía normativa/coactiva del derecho son inevitablemente opresivos. Simplemente, el elemento más importante de la fórmula de la CRT es la palabra sistémicamente. Mientras se alega que los Estados Unidos es sistémicamente racista, el sistema en cuestión es el de liberalismo capitalista, si no la misma civilización occidental. El derrumbar a dicho “sistema” es el imperativo de la CRT.

La consecuencia de enseñar esta teoría en las escuelas es el inculcar en los alumnos o un sentimiento de impotencia, desesperación o resentimiento amargo y peligroso en contra un objetivo definido de una forma tan vagamente que los líderes políticos pueden atacarlo cuando gusten. En el año 1946, el sicólogo Viktor Frankl advirtió en contra lo que había nombrado el “la falta de sentido aprendida,” resultando del “nihilismo transmitido en muchos planteles académicos,” cuyos efectos pueden agotar la voluntad del alumno para lograr éxitos o también puede provocar erupciones de furor violentos cuyos elementos permiten la manipulación por demagogos. Pero Frederick Douglas adelantó a Frankl por la mitad de un siglo, cuando denunció a unos políticos negros que difundieron que los Estados Unidos era tan racista totalmente que los Americanos negros deben migrarse hacía África. Que “despropósitos,” el advirtió,

tiende a echar encima del negro un manto de desesperación. Lo lleve a dudar la posibilidad de su progreso cómo un ciudadano americano…. Su tendencia es volverlo desanimado e indeciso, donde se debe hacerle sentir asegurado y lleno de confianza. Se le obliga aceptar la idea de que, para siempre, está condenado a ser un desconocido y morado en la tierra de su nacimiento…. Con dichas ideas constantemente presumidas ante él, no se le facilita enfocarse a trabajar para mejorar su condición según las formas que se encuentran disponibles aquí.

El control sobre las escuelas públicas que tiene la CRT no solamente ha provocado un furor entendible per ha inspirado esfuerzos por legisladores estatales que buscan impedir estos actos de propaganda. No cabe duda que los legisladores son capaces de impedirlos—los tribunales han declarado que “la Primera Enmienda no protege a la expresión libre en las clases de los maestros de primarias y secundarias/preparatorias”—pero si existe un debate legítimo de cuál es la mejor forma de hacerlo. David French, entre otros, advirtió que si se redacta legislación anti-CRT con terminología vaga, será posible sofocar a las metas académicas legítimas, y tiene razón. El estado de Oklahoma acaba de aprobar la legislación HB 1775 que prohíbe que maestros en la “creación de parte de una materia” que adoptan al “concepto” de que “una raza o sexo es intrínsicamente superior al otro,” lenguaje que lógicamente, podría prohibir todo entre Shakespeare hasta las novelas de Zora Neale Hurston. De otra manera, una propuesta tal como la de HB 343 del legislado del estado de Alaska, que prohíbe a los oficiales a que “obliguen a un empleado de una escuela a afirmar … que un individuo, por medio de su sexo, raza u origen étnico…[etc.] es intrínsicamente racista, sexista u opresivo,” no sólo es suficientemente específico para pasar una revisión judicial y constitucional si no impondrá un límite de sentido común de la forma en que los sirvientes públicos ejercen su poder y administran nuestro dinero.

Pero a pesar de lo que piensan ellos de este debate, si existe una alternativa: la transparencia. Las escuelas públicas son títeres del estado, y los padres tienen el derecho de saber lo que están aprendiendo sus hijos. El permitirlos revisar los materiales utilizados en las clases—teniendo que ver con la CRT o no—los ayudaría saber de qué forma se administran a sus escuelas públicas y los facilita realizar mejores decisiones, no solamente con respeto a la cuestión de que si es correcto hablar en las reuniones de las comisiones escolares, pero también de otros temas: si es necesario contratar a un tutor, por ejemplo, o si deben tener una plática familiar sobre temas delicados tocados en las clases. La transparencia promueve el mismo tipo de involucramiento parental que, frecuentemente, declaran que desean los maestros.

Actualmente, hay esfuerzos legislativos en 24 estados que buscan obligar a que las escuelas públicas proveen, públicamente, una lista de libros, videos u otros materiales que serán expuestos a los estudiantes por los maestros. Dichos requisitos son de carácter menos invasivos—una lista sencilla de materiales (indicando el título, autor, y/o el vínculo de internet de cada uno) publicada en un sitio de web típicamente sería suficiente, y los maestros aún podrían introducir a artículos nuevos a menos de que actualicen a la lista con rapidez. Sin embargo, los proponentes de la CRT han atacado al mismo concepto de transparencia declarando que sofocaría al discurso estudiantil. Por ejemplo, el ACLU—que antes fue un defensor principal de la transparencia gubernamental, y aún cuenta con una sección de su sitio de web dedicado al tema—hizo una proclamación condenando estas propuestas por “sofocar” a la libre expresión en las clases. El grupo izquierdista PEN America ha clasificado a las propuestas como “censuradoras.”

Obviamente, estos reclamos son absurdos: Primero, la transparencia no significa que las escuelas no pueden enseñar materias con temas delicados. Cuando un grupo en el estado de Tennessee opuso al plan de lección que incluyó la obra de Ruby Bridges Goes to School: My True Story y el discurso del doctor Martin Luther King, “I Have a Dream,” la comisión escolar estatal rechazó la oposición y dicho rechazo era lo correcto. Es más, los maestros empleados por el gobierno no gozan de derechos constitucionales que los permite decir a los estudiantes cualquier cosa; están obligados a obedecer a las reglas del currículo según las normas locales y estatales. En cambio, los padres si gozan del derecho constitucional y fundamental de la supervisión de la educación de sus hijos.  Sólo aquellos que creen que las escuelas existen para rescatar a los alumnos de sus propios padres podrían estar en contra—tal cómo recientemente hizo Nikole Hannah-Jones del Proyecto 1619—a “la idea que los padres deben elegir lo que se enseña.”

Además, los proponentes de la CRT piensan igual. La CRT sufre de una visión activista y no erudita—tal cómo recientemente observó el experto escolar Jonathan Butcher. Según el, la teoría “debe ser aplicada … no solo es una idea; es, efectivamente, un verbo.” Su enfoque principal es de quitar a los jóvenes blancos de sus hogares inevitablemente racistas para transformarlos en nuevos, ciudadanos más “despiertos,” a la vez reclutando a estudiantes negros para el activismo cultural y político—y hasta con violencia. Hace un siglo, el Presidente progresista Woodrow Wilson dijo que la escuela ideal es una en que “se hace al hijo el menos semejante al padre posible,” y mientras los progresistas actuales evitan al lenguaje machista de Wilson, aún están de acuerdo con su sentimiento. Sin embargo, la mayoría de los padres prefieren que las escuelas preparen a sus hijos con los conocimientos necesarios para poder buscar su propia felicidad en vez de propagar las falsedades históricas con el fin de reclutar a jóvenes para integrarlos a un movimiento político radical. Por lo tanto, proponentes de la CRT tal cómo Hannah-Jones consideran a la transparencia cómo una amenaza. Los eruditos reales que expongan teorías eruditas legitimas, por lo general, buscan la publicidad y el discurso. Pero la publicidad es la última cosa que desean los partisanos de la CRT.

Obviamente, existen algunos padres que si prefieren que la educación de sus hijos fuera con un enfoque en la CRT o en ideas multiculturistas—y los requisitos de transparencia también ayudaría a este grupo de padres ya que los permitirían decidir si sus escuelas públicas están dedicando al tiempo suficiente a dichas doctrinas; si no, podrían escoger escuelas tal cómo New Concept Development CenterSovereign Community School, o Social Justice School. Pero no es lo suficiente para satisfacer a los activistas CRT quienes se consideran integrantes de una misión para cambiar fundamentalmente a los Estados Unidos. La forma más fácil de cumplirla es cambiar al currículo de las escuelas públicas a propaganda financiada por contribuyentes con el mínimo nivel de supervisión posible.

Mientras les conviene, los izquierdistas predican que la democracia se muera en la obscuridad. Pero cuando se trata de la CRT, prefieren guardar esos asuntos lejos de los padres. Sin duda, es porque saben bien que sus doctrinas son extraordinariamente mal vistas hasta con gente no-blanca, y si les presentarían con la decisión, los padres elegirían que aprendería sus hijos que, a pesar de las crueldades sufridas por sus ancestros y cualquier obstáculo que los enfrentaría, ellos mismos pueden sobresalir por medio de la objetividad, el profesionalismo y la determinación entre otras virtudes. Al fin de cuentas, es la verdad.

Este artículo fue publicado originalmente por The Dispatch

Timothy Sandefur es el vicepresidente de litigio de parte del Instituto Goldwater, cuyo instituto ha redactado a la legislación de transparencia académica analizada en este artículo.

 

 

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